El Milan realizó en Atenas uno de los peores partidos que se le recuerdan en la competición y se llevó la gloria, la séptima de una historia de éxito sempiterno. En Estambul, hizo uno de las primeras partes más primorosas que se recuerdan, y se llevó el veneno, la remontada más orgiástica de la historia del fútbol. Cosas de brujas. Esta vez, con una temporada realmente nefasta en Italia, se premiaba un colectivo acostumbrado a vivir en las alturas de la más grande competición por equipos del mundo. Que le aproveche a señor Berlusconi, que para eso tiene a Kaká, uno de esos especímenes que levantan títulos por los kilates de talento.
La presión a partir de tres cuartos ordenada por Benítez cortó las vías de abastecimiento milanista. El sofoco del equipo Lombardo no se acabó ni con el gol de rebote de Inzaghi ni gaitas. Sufrió un cortocircuito en la creación... total y durante casi todo el partido. Se funcionó casi nunca, y cuando se pudo, a golpe de pelotazos y sartenazos, incapaces de penetrar en la trinchera roja del laboratorio Benítez. Y no es porque el Milan lo quisiera, sino porque los 'reds' tenían pinzado su sistema nervioso. Pirlo, sometido a la tenaza de Kuyty Gerrard, y Seedorf y Kaká, probablementye los dos mejores jugadores de esta Champions, que no la veían ni de lejos.
La segunda parte siguió más o menos por los mismos derroteros. El Milan, incapaz de dar tres pases seguidos, y el Liverpool intentando sacar de algún zarpazo de Gerrard. Eso hasta que Kaká sacó el periscopio y vio el perfecto desmarque del correcaminos Inzaghi, que superó a Reina en el mano a mano escorado a la derecha. El gol de Kuyt casi al final metió el pulso en la habitual película de suspense de estas grandes finales europeas. Pero no quedaba tiempo para más milagros de San Benítez. El español debe estar orgulloso de llevar a sus elementos al más grande de los escaparates.

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